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22/04/2015

Quand "Peuple" s'écrivait avec une majuscule

Floren Dimas. Desde el exilio sísmico de Calabardina.
Miércoles, 22 de abril de 2015
es hora de reclamar la soberanía que ha sido arrebatada a los españoles
 

Cuando "Pueblo" se escribía con mayúscula

 

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Lo escuchamos a diario: “ciudadanos”, “vecinos”, “contribuyentes”, “gente”… diferentes términos con los que los políticos, la sociedad mediática, y especialmente los medios de comunicación, denominan a las personas que componen, en su conjunto, la sociedad española.

 

Antiguamente, sin embargo, entre lo más granado de la literatura española o en el lenguaje habitual de los más variados sectores sociales, cuando se quería destacar la condición personal, intelectual, social y política de los españoles, especialmente por parte de los políticos, los ideólogos o los literatos, se utilizaba con cierto aire de solemnidad la palabra “Pueblo”.

 

Hablar del “Pueblo”, no era para referirse a los peatones que hormiguean por las calles de las ciudades, o a los clientes de un centro comercial, o a los racimos de hinchas de un equipo de fútbol saliendo del estadio. Cuando alguien enarbolaba la expresión “Pueblo”, era para revestir al individuo de sus atributos, derechos, deberes y libertades, confiriéndole una relevancia social, superior a la mera pertenencia a una categoría social, económica, laboral o territorial.

 

A lo largo de la Historia, términos como “el Pueblo”, ha salpicado los discursos de reyes y políticos de todo signo, atribuyéndose su adhesión como colectivo, cohesionándolo con determinados intereses hegemónicos, proclamando en sus discursos que “el Pueblo” estaba con éllos, y que los intereses del Pueblo, eran los mismos que los de los que se erigían en sus representantes, en caudillos, o en dirigentes elegidos o designados por mor del voto selectivo, o de la imposición armada y dictatorial.

 

Pero es a partir de la Revolución Francesa de 1789, en donde “El Pueblo” adquiere una significación, inequívocamente preeminente sobre cualquier otra fuerza social. “El Pueblo” es ahora el soberano de la Nación. La justicia y la gobernancia, ya no se ejerce por delegación divina, por mandato impuesto, o fruto de un legado dinástico -como quién hereda una finca-, si no por delegación expresa y democrática del Pueblo, y es para servir a los intereses de éste, para lo que se constituye una nueva forma de organización social: la República basada en un contrato social, por el que el Poder y las formas de llevar la voluntad popular mayoritaria al orden político, social y económico, se configura como la razón nuclear de la organización del Estado.

 

En la Constitución de 1978, la palabra “pueblo” (con minúscula) solo podemos encontrarla en el artículo 1.2 , desapareciendo a lo largo del resto del articulado, lo que augura la menguada relevancia que el espíritu y letra de la carta magna española, concede al carácter soberano que, individual y colectivamente considerado, debería de corresponder a los españoles. Pero, claro, cuando quién exhibe el título de Jefe del Estado, tiene las herramientas expeditivas para perpetuar por las bravas la forma del mismo, como Rey y como Jefe del Ejército, la supuesta soberanía de los españoles, se sobrecoge ante la visión de los tanques y las bayonetas reales, desfilando cada 12 de Octubre por el Paseo de la Castellana.

 

Un “pueblo” (con minúscula) que jamás, desde la extinción de Franco, ha sido consultado sobre la forma del Estado: Monarquía o República, es un pueblo políticamente menor de edad, sometido y tutelado por el designio de un dictador, secuestrado por el argumento torticero del resultado del referéndum-trampa de 1978, en donde la única alternativa que se ofrecía a un franquismo sin Franco, era una democracia con Rey. Y así seguimos desde entonces.

 

La conciencia de “Pueblo” se recupera, cuando colectivamente se arrebata el poder a quienes ilegítimamente lo detentan, basando su dominio en haber creado toda una arquitectura política, militar y económica, que instrumentaliza los poderes del Estado, no para defender el interés general de los españoles, si no el de los sectores políticos y económicos con los que mantienen un mutuo inquilinato. La recuperación por los españoles de su condición de “Pueblo”, pasa por el empoderamiento de cada uno de los ciudadanos, conscientes de que SI SE PUEDE cambiar España, si somos capaces de concienciarnos de que es imposible hacerlo, navegando resignadamente por las aguas  cenagosas de la corrupción política y económica, razón de ser del actual modelo de Estado.

 

Estamos viviendo un momento histórico, en el que los españoles hemos de reclamar la soberanía que nos ha sido arrebatada, para construir una nueva “democracia real”, rompiendo el bipartidismo y abriendo el candado de 1978 que nos atenaza, con la fuerza de las urnas, de la legitimidad y de la razón.

 

O volvemos a escribir “Pueblo” con mayúscula, o ya no habrá crisis en el futuro, porque nuestros hijos habrán emigrado al extranjero, buscando el futuro que aquí, en España, no pueden encontrar.

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